31 de agosto de 2010

¿Quién tiene la llave del cajón de los secretos?

 Sus pómulos sobresalientes equivalían al claroscuro de su personalidad. Blanco nuclear en la parte superior, casi estremecedora la falta de color rosado en la piel, y un oscuro dramático donde, por la delgadez, su piel se hundía pegada a la estructura ósea. No era malvada, estoy seguro. Me había pasado incontables horas observándola, observando sus dedos finos; manos de pianista, decían. No es verdad, sus manos son únicas, la piel translúcida, las uñas, aún con una capa de esmalte dañada, preciosas. Sujetando un cigarrillo entre el dedo índice y el corazón; revolviéndose el pelo; tapándose la boca al sonreír (sé que, en el fondo, era una tímida confesa); secándose la piel tras llorar, con fuerza, con una rabia sorprendente, como si pretendiese borrar cualquier atismo de debilidad de su persona. Lo que habría y aún daría por besar esas manos, acariciarlas o, simplemente, tenerlas cerca.

Pero no cambiemos de tema, quería hablaros acerca de su personalidad propia del Cinquecento, llena de luz y oscuridad, aunque no a partes iguales. Demasiadas sombras para ser este un cuadro agradable. Probablemente, su comportamiento incomprensible, su manera de escapar de todo, de todos, se debía a el tormento que provoca un secreto importante, de los que intentamos (de modo vano) encerrar en un cajón con llave, y relegarlo de una patada a un rincón poco iluminado, rodeado de otros asuntos inconfesables.
Yo la quería, sí, la quería demasiado para ser un amor sano. Me dolía amarla tanto, porque ella desechaba a los hombres como si de envoltorios de caramelo se tratase; tenía cosas más relevantes que hacer. Maldita sea, necesitaba destapar la raíz de su sufrimiento, y arrancarla de una vez por todas.
Había citado a Eddie en un bar de los que ella frecuentaba, aunque debo confesar que nunca fue de mi agrado ceder tan fácilmente. Estoy seguro de que, si yo hubiese trazado el camino a seguir, las pautas, y sobre todo, señalado el sitio dónde debíamos vernos, ella no aparecería. Aún me extrañaba que me hubiera respondido afirmativamente cuando le pedí o, tal vez, rogué verla. Mientras me bebía la cerveza, (tibia, de lata y servida en un vaso de plástico) a pequeños sorbos, supe con incuestionable seguridad que no vendría.

De todos modos, la esperaría hasta que cerrase el pub, quizá más tiempo. Al fin y al cabo, yo sólo era otro iluso aventurero que torturado por esa sonrisa maravillosa, creyó ser el adecuado para abrir el cajón de los secretos de Eddie.

2 comentarios:

Dara dijo...

me gustan las chicas que se ríen tapándose la boca.


(cafeteras
llenas de gatos)

Ira. dijo...

No, seguro que no puede ser malvada
: )