13 de junio de 2010

Ariadna, Daniel y Javier.

Observó su café solo intacto y la cuchara que, apoyada en el platillo, se reflejaba en la caja registradora, mientras tamborileaba con los dedos sobre el falso mármol de la barra. Faltaban aproximadamente dos minutos para que Ariadna llegase. Se la imaginaba caminando casi de puntillas, balanceándose grácilmente, como una bailarina perdida en la metrópolis. Estaría hablando por teléfono con alguna amiga madrugadora como ella, o tal vez, escuchando música. Nunca había podido atisbar su lista de reproducción, y la curiosidad le mordía los labios.
La puerta de la cafetería se abrió, y el colgante que pendía por encima de la puerta tintineó unos segundos, hasta caer en el olvido otra vez. Ella se acercó a donde estaba él y saludó a la camarera. Daniel, tenso de emoción, la miro de reojo mientras Ariadna dejaba caer el bolso en un taburete y se alisaba la falda (a la cual, él no le veía ni una mísera arruga).
''Miercoles: café cortado en taza mediana, acompañado de tostadas de pan de molde con mermelada de ciruelas o melocotón.'' -se dijo para sí Dani.
-Un café cortado con tostadas. ¡Mediano, por favor!-pidió ella, antes de sacar de su bolso-maleta el libro de esa semana.
''La casa del propósito especial, de John Boyne; ayer no lo terminó.'' Efectivamente, había acertado. Sin poder evitarlo, se quedó mirándola embobado. Enamorado de sus trenza de color canela, de sus mejillas con pecas de pan integral (qué acertados estuvieron Pereza), de su sonrisa pícara al leer párrafos graciosos, de sus piernas inquietas, que jugueteaban sobre el pie del asiento. Qué hambre le daba esa princesa. Se bebió de un sorbo su café amargo, más amargo todavía, sabiendo que se acercaba su momento sangrante, el dolor y la decepción. Miró el reloj, no le daba tiempo a irse antes de que llegase. Dos zancadas, abrió la puerta. Joder, ya estaba ahí.
-Cariño, ya estoy.-susurró él, acariciándole la nuca.
-¡Mauro!-Ariadna se dejó besar, como todos los lunes, miércoles y viernes, por ese apuesto galán de pacotilla, de abrazos con Blackberry en mano, de sonrisas gratis para cualquier mujer que se acercase, de horas hasta tarde en la ''oficina''. El jefe de Daniel. El jefe de veinte personas invisibles como él.
Notó como Mauro lo miraba sin reconocer completamente su cara:
-Hola... Javier, digo Daniel. Te quiero en la editora dentro de media hora.-y tras esto, todos los días, se giraba y desayunaba con la chica más bonita de toda la ciudad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me da un poco de miedo lo que siente Daniel por Ariadna, parece obsesivo. Eso sí, creo que estaría mejor con él que con Mauro, aunque tampoco lo conozco mucho aún.

(Pereza son los mejores)

Un muá(h) y un sugu de cereza!