''Qué simpática Audrey, con esa sonrisa de princesa ingenua, con esas piernas tan bonitas. Me gusta como mira alrededor, parpandeando como si fotografiase los instantes. Qué pestañas interminables, perfectos los ojos sin una gota de maquillaje.'' Se retoca el Rimmel rutinariamente, casi sin mirar. Observa su reflejo en el cristal de la ventana, se muerde los labios, estira las medias, apaga el móvil. Sonríe nerviosa y mira de reojo el paquete de tabaco. Lo guarda en el bolso (''Qué cojones. Un día es un día.'') con la misma rapidez que el día anterior. El timbre del teléfono resuena por toda la casa, susurrando en las esquinas y gritando por las puertas. Es Amy; probablemente, haya llamado al móvil y al saber que estaba apagado, probó con este. Deja que suene (''Qué cojones. Un día es un día.'') hasta que, finalmente, el ruído cesa. Coge las llaves y olvida todos los posibles remordimientos.
-Lo siento, Amy, nunca cumplo mis promesas; son deseos para las personas dependientes. Soy autosuficiente.- y estalla en risas mientras cierra la puerta.
[Continuación de: Eddie, ¡mírate! y Eddie, ¡mírate! II ]
25 de mayo de 2010
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1 comentario:
¡Me encanta Audrey! Desde su nombre hasta su pestañeo. Y Eddie me da un poco de penita...
Un muá(h) y un sugu de frambuesa!
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