30 de septiembre de 2009

Audrey.


Una sonrisa marcaba su rostro como una bella cicatriz, formàndole graciosas comisuras que le daban un aire travieso. Se había maquillado los gruesos labios de color nudè, mientras que sus ojos estaban fuertemente delineados con eye liner y máscara de ojos negra como el ónice. El pelo, cortado de manera masculina con un flequillo tupido, se había creado como tendencia por la diseñadora Coco Chanel, expresando libertad en la mujer. Y ella lo lucía demostrando que nadie la pararía cuando tuviese una meta propuesta.

Apoyada en el marco de la ventana de su cuarto, miraba al cielo, que como se debe cumplir en la primavera, se veía azul límpido y salpicado de rosadas nubes, que se antojaban como las de gominola. Algunas gaviotas se hacían notar con sus atrevidos vuelos y sonidos.
No solo era un día perfeecto aparentemente, si no que algo en su corazón le indicaba que hoy ocurriría un hecho extraordinario. Su intuición no solía fallar.

Se puso un jersey con rayas blancas y negras, de estilo marinero; se calzó unas simples bailarinas negras y se retocó el peinado con sus hábiles manos. Bajó al primer piso deslizándose por la barandilla de la escalera recién bruñida, abrió la puerta de golpe y se subiço a la bicicleta.
Silbando llegó a la panadería, y con su derrochable buen humor, le preguntó a la anciana confitera si habían llegado noticias por la costa. La amable señora le puso un bollito de crema en la cesta como regalo y guiñò un ojo, asegurándole que iba a aparecer un barco que llevaba mucho tiempo en la mar.
No daba crédito, pero se tranquilizó pensando que existían pocas posibilidades de que fuese él.

A toda velocidad, se apareció en el puerto y, mientras los mozos (cuyos rostros estaban repletos de pecas), acarreaban el pescado fresco, ella se sentó en el borde de la pasarela hecha con madeera y comenzó a descalzarse lentamente.
La brisa marina le refrescaba el rostro y le movía el pelo. Balanceaba los pies esperando impaciente alguna señal. Peero no se fijaba en las bellas vistas, ciertamente había cosas más importantes en ese momento.
Al cabo de unos minutos, a lo lejos, un pequeño puntito se fue agrandando hasta reconocerse un barco pintado de blanco y negro. Poco a poco, se fue distinguiendo la palabra que le daba nombre: Audrey.
El corazón le brincaba en el pecho y, ebria de alegría, se acordó de aquel día de otoño, en el que, mientras soltaba las cuerdas, le había prometido que volvería. Ella se juró que lo esperarìa, fueran miles los años que tardase en regresar.

Y en la popa estaba èl. Sus vivaces ojos verdes la miraban. A ella, sí a ella, a la inocente Audrey, siempre perdida entre piruletas, música y libros, aunque no se lo creyese.
Y tuvo la certeza de que estarían juntos hasta la muerte, y que uno no viviría sin el otro.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta :)

Vanille Galaxy dijo...

Audrey es preciosa, siempre me ha gustado esta mujer :)

galmar dijo...

joooo casi lloro!! qué bonito!! aclaro: lloro de alegría!! jejeje :D a mí también me encanta, además de buena actriz, como persona era mejor :) muacssss!! qué lindooooo!! ...boas noites :)

Lolita and her special winter confessions dijo...

Tengo muchos detalles de Audrey en mi personalidad, pero no su optimismo.
Me encanta como describís todo; no deja de gustarme tu manera de redactar. Besos, Vale!

Brais V. Besteiro dijo...

PRE-CIO-SO ( L )

Alesha. dijo...

Buf, adoro a Audrey, gran mujer, gran bellleza :)
Te amo.
PD: Texto precioso.

Dara dijo...

Y la bicicleta tenía que ser roja, por supuesto.


miau
de
melón

Anónimo dijo...

Adoro a Audrey Hepburn ♥
Me ha gustado mucho lo que has escrito. Precioso =)